lunes, 13 de agosto de 2018

En la madrugada de un martes


El mundo de hoy me muestra su cara amarga, no la escucho, sin embargo, me siento en el balcón de mi casa a observarla. Pienso en ella casi constantemente y por eso he extraído la esencia más pueril de un mal observador; creo que me he hecho su amigo, ya que, en ausencia de aquellos personajes reales a mi persona, solo a ella, le es necesario convertirse en amigo de aquella única cosa por la que siente interés, esa cara amarga del mundo.

La he visto golpear a muchas personas en su camino, la he visto sentirse orgullosa de lo que hace, a pesar de que se siente mal por ello, no deja de hacerlo. Incluso diría que en ocasiones disfruta el hacerlo, pero no la culpo, tendemos a normalizar aquello que se nos presenta más de unas mil veces.

Le importa y no le importa como la ven, en eso se parece un poco a mí, va preguntándole a todos acerca de sus decisiones, pero no las cambia. Es consciente de sus innumerables errores, los cuenta y aprende de ellos, pero le es imposible cambiar en un periodo tan corto de tiempo como el que se está destinado a vivir. En eso ha fracasado, debe entender que el tiempo así sea lapso debe ser suficiente, siempre y cuando la razón lo justifique.

Quizá también ha aprendido de sus semejantes, de esas otras caras del mundo, pero se restringe a copiarlas pues de no hacerlo perdería su esencia, dice.

En una de sus incontables caídas de ánimo fue hacia los brazos de su amiga más cercana, le platicó acerca de lo que hacía y del porqué se sentía sola. No recibió respuesta de la cara agridulce, simplemente se limitó a escucharla, en parte porque ella tampoco sabía él porque de aquella cosa que conocía tan bien.

Agridulce pensó en lo lindo que lo podría pasar si tan solo su naturaleza no la obligara a ser lo que es, una cara que está en medio del caos, que no sabe conocerse a sí misma pero que al mismo tiempo lo hace, esa única cara a la que todo el mundo pide auxilio una vez en su vida. El sentimiento fue consecuente con su naturaleza pues no podía cambiar en lo más mínimo.

Pasado un rato, Simplemente se dejó caer sobre la cara amarga del mundo, y esta ni se inmutó ante la muestra descarada y contradictoria de su amiga. Cuando ya puso sobre su mente aquel acto para ser juzgado, la cara amarga del mundo se sorprendió pues aquel comportamiento mostró un poco de lo que podría ser la respuesta a la pregunta que antes le hizo a su amiga.

Ella es afortunada, debo decirlo, no es mi caso. No cuento ni con las palabras necesarias para abordar lo que me sucede, ni existe un hombro sobre el cual pueda platicar libremente mientras me sirve de soporte.